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(F&B, 132, septiembre 2008) Los grandes crímenes de Hitler y sus secuaces comenzaron por el asesinato de la verdad, entendida como el fiel reflejo de los acontecimientos, y de la libertad, desembocando en la eliminación real de millones de personas. Y para cometer ese primer crimen era necesario un aparato de propaganda que convenciera al personal de cualquier cosa, pero sobre todo que estableciera la línea divisoria entre el bien y el mal al gusto Nazi.
Así, dividió a la sociedad entre buenos y malos adjudicándose el bien el partido Nazi y el mal a todo el que se le oponía o criticaba, además de los que fueron establecidos como malos oficiales, como los judios.
La lección de la propaganda es la mejor aprendida por todos los políticos que han gobernado y que gobernarán, lección que para nuestro gobierno es algo más que un credo. La democracia española comenzó pudiendo prometer y prometiendo. Y en eso seguimos estando. Sin embargo, rara vez las promesas alcanzan a la realidad. Ahora ya no importa el respeto a la opinión ajena, porque el que discrepa es el malo, ya que el Gobierno es el bueno. Goebbels estaría orgulloso de nuestros próceres, de lo buenos que resultan a ojos de los ciudadanos y de la forma eficaz en que rellenan sus vacíos con la denuncia de la maldad ajena. Y así el personal ya sabe quién es el culpable de todo lo que pasa, siempre otro pero nunca el que tiene la responsabilidad de que las cosas funcionen. Cuando Hitler estaba perdiendo la guerra por su incompetencia, no sólo como ser humano sino como militar, la culpa por supuesto no era suya, sino de sus generales, de los judios y de los bolcheviques.
Se nos había prometido un camino de rosas hacia el Estado de bienestar al que se nos conducía a pesar de los malos, que acechan para destruirlo. Pero al final, quien adora la propaganda reduce el bienestar a un simple problema de percepción. Así que el Estado de bienestar queda reducido a un asunto de propaganda, ya que el bienestar al fin y al cabo es un sentimiento subjetivo y personal, por lo que la primera obligación será infundir buenos sentimientos en los ciudadanos. Otra cosa no se va a poder hacer desde el Gobierno, porque carecerá de los recursos necesarios. Aunque puedan pensar nuestros líderes carismáticos que tenemos margen para un mayor endeudamiento del Estado, y es verdad, el problema no reside en esa supuesta buena posición, sino en encontrar quien le ceda la liquidez precisa para atender sus obligaciones más perentorias, de la que va a carecer en buena medida. Y si a cualquier empresa le cuesta endeudarse por la escasa disposición del sistema financiero a prestar, no vamos a pensar que el Estado, por mucha garantía soberana que tenga, va a encontrar muchas menos dificultades. Recordemos que el Gobierno ha tenido que suspender emisiones de Deuda por la situación desfavorable del mercado para su colocación y que las que haga las sacará a trancas y barrancas.
La financiación de las Administraciones Públicas, Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, no es que sea un problema, es la madre de todos los problemas que vamos a tener. Primero tendrá que conseguir renovar toda la deuda que vaya venciendo, después incrementar las emisiones y conseguir tenedores para todo eso, a cambio de ofrecer una mayor rentabilidad. Es evidente, también, que de un telefonazo el Sr. Solbes puede conseguir un crédito sindicado por unos cuantos miles de millones de euros. Pero el asunto es ¿cuántas veces puede el Sr. Solbes levantar el teléfono con ese propósito? ¿Cuáles van a ser las necesidades financieras y de tesorería del conjunto de las Administraciones Públicas para poder cumplir, no ya con todas las promesas que se han hecho, sino con sus más elementales obligaciones? Veremos en 2009 como el conjunto de las Administraciones Públicas atraviesan significativas dificultades de tesorería. Esperemos que para facilitar las cosas no se les ocurra, que se les puede ocurrir, volver a modificar la regulación de las Instituciones de Inversión Colectiva exigiéndoles un determinado nivel de inversiones obligatorias en Deuda Pública.
El efecto más pernicioso que puede traer no realizar una política económica de gran austeridad en el gasto es el correlativo aumento del paro al detraer recursos del sector privado en forma creciente y acaparar las fuentes de financiación que tan escasamente están disponibles. Ese Estado, compitiendo por los recursos con el sector privado, acaba por conducir al desempleo a más ciudadanos. Parece que no se termina de aprender la lección de que el gasto público creciente en momentos de debilidad económica provoca una expulsión de actividad que acaba por agravar la crisis. Sin embargo, debemos estar tranquilos, porque de esto tampoco la culpa la tendrá el Gobierno. Es simplemente que ha llegado el Estado de Malestar y ya se nos dirá de quien es la culpa, seguramente de los americanos.
La titulización hace crisis
Cuando comenzó la circulación de billetes de banco la sociedad tardó mucho en perfeccionar el sistema y evitar el desastre. Había que construir la confianza en un instrumento que representaba un valor para evitar el intercambio del valor mismo. Para ello, la mejor manera que se encontró fue que al final ese instrumento, ese billete, fuera canjeable en última instancia por el valor que representaba en metales preciosos, preferentemente en oro. Y es curioso que la mayoría del sistema de emisión de billetes estuvo respaldado por el valor oro hasta que se le dio la última vuelta de tuerca en 1973 cuando EE.UU. acabó con la convertibilidad del dólar en oro y el sistema de paridades fijas de las monedas. Ese acontecimiento trajo no pocas turbulencias en el sistema monetario y financiero mundial, pero menos de las que podrían preverse al abandonar una práctica que había venido siendo la norma en la emisión de billetes.
En los 90 surgen con fuerza el concepto de ingeniería financiera y se consolidan los conceptos de desintermediación y titulización. Ya se podía titulizar cualquier cosa y cualquier empresa podía emitir sus propios títulos, aunque su actividad conllevara un gran riesgo. Los bancos de inversión, utilizando a las compañías de rating y a los mercados organizados, crearon canales para dirigir el ahorro del público y las inversiones de otras entidades financieras y corporaciones hacia esos instrumentos, generando cada vez activos más sofisticados que amalgamaban diferentes perfiles de riesgo e incluso que lo ocultaban en cierta medida para el inversor.
En el mundo financiero las novedades se suelen pagar con quiebras y una innovación realmente sospechosa era la pérdida de una adecuada perspectiva de riesgo en las inversiones. Con la crisis subprime todo ese entramado de titulizaciones se ha venido abajo y ahora el público mira los instrumentos financieros con lupa. Las alegrías de que cualquiera puede emitir cualquier cosa si un banco de inversión lo bendecía, de momento, se han terminado. |