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Revista de Finanzas y Banca
No vamos a poder cambiar el clima Imprimir E-Mail
Escrito por Juan F. Robles. Editor de la revista Finanzas y Banca   

(F&B, 130, junio 2008) A pesar de su suciedad y de lo insalubre de su uso, el petróleo lleva moviendo el mundo más de un siglo, y durante este tiempo los seres humanos no hemos sido capaces de desembarazarnos de él.

Los fuertes intereses que se han movido a su alrededor han impedido, quizás decisivamente, que la industria encontrara una forma viable de evitarlo. Y sin temor a ser demagógico, los estados se han plegado a esos intereses sin hacer nada más serio que implementar medidas fiscales para desincentivar su consumo, medidas que en un producto cuya demanda es tan poco elástica al precio, han sido más una fuente recaudatoria que un instrumento al servicio de la estabilidad o la implementación de nuevas fuentes energéticas. Si a todo este panorama sumamos la nefasta intervención de los ecologistas, cuya influencia ha frenado el desarrollo de nuevas energías realmente viables, y entre ellas la atómica, vemos que la sociedad se tiene más que merecida una factura del petróleo que no pueda pagar.

ImageEn la actualidad no estamos tan instalados en la escasez como se refleja en el precio, aunque es evidente que la paulatina incorporación de las economías emergentes al bienestar, está trayendo como consecuencia unos incrementos de demanda que se empieza a temer no van a poder ser atendidos con la producción mundial sin acometer grandes inversiones a corto plazo, lo que a todas luces no parece posible y está siendo descontado por el mercado inflando los precios por encima de la relación actual entre oferta y demanda.

Dos crisis del petróleo, la de los setenta y la de los ochenta, no han sido suficientes para que los políticos occidentales se hayan tomado en serio la necesidad de evitar esta dependencia, lo que no deja de ser coherente con el cortoplacismo de nuestros mandatarios, que no son capaces de ver más allá de las próximas elecciones, aunque algunos se las den de ver tan más allá como para preocuparse por un cambio climático que está más en manos de los asiáticos que de lo que podamos hacer o dejar de hacer en un país como el nuestro, si es que esa teoría fuera correcta, lo que aún tampoco se sabe con certeza. Y así, el culpable acaba siendo el consumidor y sobre su conciencia se echa la contaminación, la escasez y, por tanto, el coste de no haber hecho nada por fomentar energía abundante y barata frente a la energía escasa, sucia y cara que se nos vende.

ImageEn España nuestros dirigentes han sido especialmente tozudos desde hace décadas en mantenernos dependientes del petróleo o de productos, como el gas, que están en su esfera de precios, incluso para producir energías en la que había alternativas claras. Eso sí, la fiscalidad ha sido implacable, y aunque realmente depende de decisiones que exceden a nuestras autoridades, el empleo de lo recaudado no ha ido significativamente a investigar, financiar o fomentar otras energías. Es cierto que la solución actual no es bajar la fiscalidad, pues no es posible por nuestros compromisos internacionales, y de tomarse una medida coordinada en este sentido se traladaría al alza de precios en origen o el diferencial sería absorbido por los intermediarios rápidamente.

A estos precios comienza a ser rentable cualquier energía, por costosa que sea, y ya se están empezando a producir hidrocarburos sintéticos, aumenta la producción de etanol y biodiesel y las legislaciones, entre otras la española, reconocen la mezcla de combustibles fósiles y biológicos, aunque limitados a porcentajes de un dígito por razones técnicas.
Nuestros demagogos de cabecera ponen el acento en el cambio climático, que es lo políticamente correcto, a la hora de optar por las energías alternativas, cuando en realidad no se trata de una opción ni ecológica ni moral, sino una simple cuestión de supervivencia. Si occidente no es capaz en dos décadas de convertir al petróleo en una energía menor estará firmando su sentencia de muerte política y económica, mientras engorda regímenes teocráticos, antidemocráticos, medievales o personalistas, que es el perfil político de la inmensa mayoría de los países productores. No se trata pues de luchar por el control del petróleo, política del siglo XX cuyo último y desgraciado episodio debería ser la guerra de Irak, sino de prescindir de él.
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Nuestro país, que tan preparado está para soportar cualquier crisis según la doctrina oficial, recibe su segundo gran vapuleo en pocos meses, con un encarecimiento de los carburantes que no tiene precedentes y cuyos resultados aún están por ver, aunque apuntan maneras de recesión en toda regla. Y mientras los españoles nos empobrecemos y perdemos rápidamente el terreno ganado en los últimos años, nuestros políticos velan tanto por nosotros que o bien se están peleando entre ellos o nos dicen lo bien que (les) va todo. Pero, eso sí, ya no tendrán que volverse a preocupar por el cambio climático, porque a estos precios no hay quien cambie el clima.

 
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