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Winston Churchill, en mayo de 1940, pronunció su breve y famoso discurso en la Cámara de los Comunes en el que dijo “no tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Cinco años después perdía las elecciones y dejaba de ser Primer Ministro. (F&B, 135, ene-feb 2009)
Demasiada sangre, demasiado sudor y muchas lágrimas hicieron que los laboristas de Clement Attlee ganaran con un amplio margen, bajo promesas como la seguridad social, el pleno empleo y las nacionalizaciones. Los británicos no querían sufrir, no querían más al señor de la austeridad, del esfuerzo y preferían las promesas de la izquierda.
Esta lección ha quedado impresa en la mente de todos los políticos y rara vez alguno gana prometiendo sacrificios. Quizás una excepción sea Nicolás Sarkozy que habló de esfuerzo, de mérito y de una serie de valores que una Francia adormecida quizás echaba de menos, pero desde luego nada comparable al espartano Churchill. Prometer sacrificio lleva a la derrota electoral más fácilmente que prometer lo imposible, porque el ciudadano generalmente no razona cuando vota, suele hacerlo con el corazón, y quien es capaz de poner en juego la esperanza y los sentimientos tiene más probabilidades de ganar que quien apela a la razón. Esto explica en parte la derrota del Partido Popular que hablaba de una crisis que, aunque no había llegado, en el fondo todos presentían y esperaban pero nadie quería darse por enterado, manteniendo la esperanza de que no fuera sino una mala premonición de una derecha empeñada en que las cosas fueran mal en perjuicio del Gobierno.
Y el Gobierno, consciente de que lo es por lo bien que juega a la fantasía emocional, ha emprendido una huída hacia adelante que le lleva a “mantenella y no enmendalla”. Incapaz de evitar el derrumbe de la economía, empeñado en mantener todas sus promesas, alejado de la realidad de un Estado cada vez más inviable, prefiere seguir manteniendo en los ciudadanos la ilusión de que podrá atender las necesidades de todos, cuando en realidad esos mismos ciudadanos verán más temprano que tarde cómo el Gobierno se enroca en sus propios problemas, sin dinero ni tiempo para ocuparse de todo aquello, y aquéllos, de los que dice se va a ocupar. Porque en la melé de la escasez va a ser empujado a que no le cuadren las promesas, sobre todo porque Solbes ya no tiene algo que utilizaron los Ministros de Economía del Psoe antaño: el recurso del Tesoro al Banco de España; es decir, la maquinita de hacer billetes. “Quién la pillara ahora”, a buen seguro pensarán. Sobre todo con esta inflación, que a poco será deflación, sería una oportunidad más que propicia para darle a la maquinita. Los papeles que inyecta el Banco Central Europeo tienen una transmisión más sofisticada hacia las cuentas públicas, más indirecta y menos controlable por el Gobierno, que si ahora pide crédito para el sector privado no tardará en reclamarlo, quizás con menos propaganda, para el público.
No habrá sangre, y desde luego que no la habrá desde que nos hemos enterado que ni las armas españolas exportadas se usan para matar, si es que tienen esa capacidad, lo que indudablemente no sólo congratulará a los amigos del no a la guerra, sino a cualquier ser humano, siempre y cuando sea capaz de creérselo. No habrá sudor, porque difícilmente suda el parado y si lo hace no será por trabajar. Pero si va a haber lágrimas, las que derramarán todos aquellos que hayan pensado que le van a solucionar sus problemas con cargo al presupuesto cuando se enteren de que no hay presupuesto para solucionárselos. Las lágrimas de quien se haya creído las promesas imposibles de cumplir, las lágrimas del pleno empleo, las lágrimas de la octava potencia mundial, las lágrimas de un país que vuelve a la cola de la cola del desempleo y que baja mucho más deprisa que ha subido. |