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(F&B, 128, abr. 2008). Si John Law levantara la cabeza, que no la va a levantar porque el buen hombre lleva sin levantarla desde que falleció en 1729, se troncharía de la risa de lo poco que ha aprendido el mundo desde que dictara las primeras lecciones sobre cómo crear una entidad financiera moderna y en pocos años llevarla a la ruina.
Law construyó un imperio financiero al servicio del regente de Francia, Felipe de Orleans, y aplicó la innovadora circulación de dinero fiduciario respaldado parcialmente en metales preciosos. Law levantó el sistema, casi saca a Francia de la ruina, pero sufrió el fenómeno que ahora está derrumbando a algunos bancos: todos fueron a la vez a pedir su dinero presas del pánico. El sistema de Law perdió la confianza del público y esa pérdida de confianza en la circulación fiduciaria retrasó la instauración de la banca moderna aproximadamente un siglo, que fue lo que el mundo tardó en olvidar el desastre.
Los tiempos han cambiado, y una entidad financiera actualmente es un negocio sistemático, de competencia ciertamente limitada, que actúa en un entorno de vigilancia, y en cierto modo, protección, por parte de las autoridades monetarias y políticas, siendo su actividad básica y fundamental para el desenvolvimiento de la economía, lo que provoca que exista una demanda bastante asegurada para lo que ofrecen. Hay muchos que quisieran dirigir un negocio así. Si a eso añadimos que la sociedad les permite hasta cierto punto manejar el dinero de todos en beneficio propio, pues vemos que incluso ser banquero puede resultar muy lucrativo. No piense el lector que a mi me parece mal todo esto, antes bien, prefiero mil veces a un banquero privado ganando cantidades irreverentes de dinero que a políticos metidos a banqueros diciendo a todos lo que han de hacer, casi siempre de forma equivocada.
 John Law Por tanto, quebrar un banco es hoy en día un arte de difícil ejecución que abarca diversas disciplinas: imprudencia, excesiva codicia, desprecio por el dinero de los demás, falta de profesionalidad y pocos escrúpulos. Justo todo lo contrario que se supone deben ser las virtudes de un banquero tradicional. A fuerza de perder de vista todo lo tradicional, también se han perdido de vista las virtudes del banquero: austeridad, discreción, prudencia (mucha prudencia) e incluso moralidad, entendida ésta como una actitud que entrañe confianza en sus actos. Y todas esas virtudes se trasladan a las organizaciones y son las que tienen que tener, entre otras. Y así, un banquero que se precie no puede apoyar la especulación por la especulación, sobre todo cuando esa especulación le revierte riesgos por cuenta propia. Sostener que un cierto grado de especulación en los mercados es sano resulta una actitud ponderada y razonable, pero hemos dicho un cierto grado, no alimentar negocios especulativos basados en espirales de precios y con fuerte apalancamiento, es decir, con el dinero de otros, de los depositantes en suma. Cuando las entidades financieras ponen los recursos de sus clientes en manos de especuladores sin suficientes garantías están incumpliendo el contrato que tienen con la sociedad, que lo que les pide es que administren prudentemente el dinero de los demás y no corran riesgos innecesarios. Cuando las entidades supervisoras consienten ésto, están simplemente mirando a poniente en lugar de hacer bien su trabajo, y cuando los políticos no regulan que no se pueda hacer, se hacen conniventes con la especulación malsana, le dan carta de naturaleza y uno puede pensar que quizás obtengan algún beneficio de todo ello.
Por mi parte ya me he hartado de esos hombres de negocios que pasan de la sombra al jet privado. Qué sociedad hortera y paleta es la que adora a los triunfadores de un sueño que puede ser americano, pero que al final resulta de cartón piedra. Y muchas entidades financieras se han creído que las empresas de cartón piedra eran sólidos bastiones del capitalismo ladrillero que hace crecer el hormigón en medio de la nada. La sociedad acaba diciendo: para qué queremos tanto ladrillo si no tenemos dinero para pagarlo. Y resulta que muchas de las benéficas cajas de ahorros han alimentado la ola especulativa sobre la vivienda como el que más, o más que el que más, lo que tiene que llevar a una profunda reflexión a sus altos jerarcas: ¿realmente las cajas de ahorros deberían haber jugado un papel tan destacado en alimentar la burbuja inmobiliaria, para luego encima quedarse compuestas y sin novio? Uno de los problemas que tenemos actualmente es que bastantes gestores de entidades financieras parecen ignorar la responsabilidad social que conlleva dirigir un banco o caja y me atrevería a decir que parece que ignoran incluso el fundamento del negocio mismo. Vemos a banqueros, o "cajeros", levantar corporaciones industriales con el dinero de sus clientes, enredando en la cúspide del poder y hablando de cómo tienen que ser las cosas en tal o cual sector, como si realmente su papel fuera planificador de sectores, eligiendo campeones nacionales o inspirando no se sabe qué política que supuestamente nos va a beneficiar mucho a todos... ¿a quiénes? Banqueros, o "cajeros", metidos a industriales, que mal asunto. Ya vendrán los madresmías. Law también era un banquero con negocios industriales entremezclados, y pegado al poder, y todo eso, sin embargo, no le salvó de la ruina.
Todo está escrito, no hay nada más que leerlo.
Si algún mérito tuvo John Law fue que estaba acertado en muchos de sus innovadores planteamientos de partida, mas no en la forma de llevarlos a la práctica. Llevamos siglos aprendiendo y se deberían haber superado los errores de Law, como para que actualmente en banca echemos a faltar conceptos tan básicos como el control riguroso del riesgo, no participación por cuenta propia en movimientos especulativos, no mezclarse en exceso en actividades no financieras, no utilizar el dinero de los clientes para hacer política. Cometiendo tantos errores no se genera confianza y la pérdida de confianza en el sistema financiero puede ser la ruina de todos, como lo fue en la Francia de principios del siglo dieciocho. |