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Revista de Finanzas y Banca
Principio fiduciario de la moneda y el ejemplo de la Isla del dinero de piedra Imprimir E-Mail Compartir
Escrito por Julio Robles Pompa. Presidente Honorario ISTPB.   

Image
Julio Robles
En el ámbito de las agrupaciones humanas de pequeña extensión territorial es posible que la representación de, por ejemplo, un valor equivalente a una oveja, se realizara mediante un instrumento físico al que más adelante se denominó moneda, pero nada avala que este instrumento o moneda tuviera un valor real, de mercado, o valor intrínseco, igual al de la oveja.

Lo probable es que fuera un signo convencional fiduciario, esto es, aceptado por cuantos lo utilizaban en ese ámbito reducido, por confianza o, ¿por qué no?, por imposición de la autoridad o gobierno de la comunidad, fuese un cacique, un consejo o un jefe electo.

Milton Friedman en el primer capítulo de su obra Paradojas del dinero, al que titula «La isla del dinero de piedra», reseña la descripción que del sistema monetario de la Isla de Uap o Yap de la Micronesia, hacía en un libro con el mismo título (The Island of Stone Money) publicado en 1910, el antropólogo norteamericano William Henry Furness, quien pasó en 1903 varios meses en la citada isla.

Afirmaba, que como no había yacimientos de metales en la isla, sus habitantes tuvieron que recurrir a la piedra que, debidamente labrada y conformada, era allí «una representación tan auténtica del trabajo humano como el dinero de la civilización, hecho de metal extraído de las minas y acuñado.»

Consistía su medio de cambio, al que llamaban fei, «en unas ruedas de piedra grandes, gruesas y macizas, en cuyo centro hay un agujero, de distinto tamaño según el diámetro de la rueda, que permite la inserción de un palo suficientemente largo y grueso como para soportar el peso de aquéllas y facilitar su transporte.»

ImageEl sistema monetario de este pueblo incluía la práctica del depósito y el crédito, puesto que describe Henry Furness, según la reproducción que hace Friedman, que estas monedas no tenían que hallarse necesariamente en poder de su propietario, pues en aquellas operaciones que por su precio implicaban para su pago tener que mover una cantidad excesiva de fei, «el nuevo dueño de éstos se contenta con la mera declaración formal de cesión y, sin molestarse siquiera en marcar las monedas, éstas quedan en el recinto de su antiguo propietario.»

También refiere un caso más notable de estimación admitido por los habitantes de una aldea, que apreciaban la riqueza de una familia, consistente en un enorme fei cuyo tamaño se sabía sólo por tradición, pues durante las dos o tres últimas generaciones había permanecido sumergido en el mar cercano y nadie de los actuales habitantes lo había visto, ni siquiera algún miembro de la familia.

Parece que los antepasados de esta familia perdieron el fei a causa de una tormenta cuando lo traían de la isla de donde extraían y tallaban la piedra con la que estaba hecho, habiendo atestiguado los vecinos que en aquellos tiempos acompañaron al propietario que «era de proporciones magníficas y de calidad extraordinaria, y que no se podía culpar al propietario por haberlo perdido... Y así, este conocimiento pasando de una a otra generación mantuvo el poder adquisitivo de esa piedra que sigue aceptándose como válido, a igual título que si aquélla permaneciese a la vista de todos, apoyada contra la pared de la casa de su dueño...»

Incluso estos fei llegaron a ser embargados por incumplimiento de sus propietarios a órdenes de las autoridades coloniales alemanas, para que repararan caminos, embargo formalizado mediante una marca de pintura negra en los fei, único medio que sirvió para que con la mayor diligencia cumplieran el mandato, tras lo cual las marcas fueron borradas por las autoridades y sus propietarios recobraron su riqueza.

Es fácil apreciar que con este sistema de confianza en la solvencia y probidad del depositario, para nada era necesario disponer de una moneda con valor intrínseco, aunque es cierto que alguno tenían, pues los nativos fabricaban los fei con una piedra extraída de unas canteras de otra isla, lo que suponía un trabajo y un esfuerzo.

Si esta apreciación fiduciaria y crediticia de moneda tan primitiva funcionaba en el pasado siglo XIX y principio del XX, es muy posible que la moneda sin poder intrínseco fuera la primera en aparecer hace varios miles de años. Es decir, una moneda que se utilizaría para los intercambios de bienes y posibles rudimentarios servicios en un reducido ámbito territorial, pero que no tendría valor como mercancía.

 
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