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Revista de Finanzas y Banca
Los presupuestos de Disneyland Imprimir E-Mail Compartir
Escrito por José María Triper. Director de Moneda Única.   

(F&B, 126, feb. 2008.) Ahora que estamos en tiempo electoral, y en pleno debate sobre el impacto que tendrá la desaceleración económica que padecemos en los resultados del 9 de marzo, me vienen a la memoria las palabras de ese gran cínico que fue el profesor Enrique Tierno Galván, cuando decía aquello de que "los programas electorales se hacen para no cumplirlos". Una filosofía tan real como rotunda, a la que hoy habría que añadir que "…y los Presupuestos del Estado, también".

Porque, a la vista de los tristes resultados macroeconómicos del último trimestre, de la agobiante pérdida de poder adquisitivo de los hogares y familias, el aplazamiento de los planes de inversión de las empresas y el endurecimiento de las condiciones crediticias de nuestras conservadoras entidades financieras; pues, hay que concluir que los Presupuestos para el año 2008 no se los cree nadie.

Ni siquiera el propio Solbes, que si no fue quien los parió (o al menos eso cuentan en los mentideros de la Corte) si asumió su paternidad y los defendió como propios ante el Parlamento. Y si no, ya me dirán cómo se explica que sólo un mes después de sacar, "con forceps", el apoyo de las Cámaras al Presupuesto, Solbes haya rebajado ya en tres décimas, del 3,3 al 3%, el crecimiento de la economía.

Y eso que el vicepresidente sigue pecando de optimista, porque los organismos internacionales coinciden, prácticamente todos, en adjudicarnos sólo un 2,7%, que no sería mala cifra para nuestros socios de la Unión Monetaria, pero que a nosotros se nos queda insuficiente por la fragilidad de un sistema económico basado en la construcción y en el consumo y por los tradicionales déficit de productividad, competitividad, internacionalización, desarrollo tecnológico, precariedad en el empleo y diferenciales de inflación que ninguno de los últimos gobiernos ha sabido o querido corregir.

Pero, aún hay más. Los datos oficiales de desempleo muestran un crecimiento del paro nacional del 5,3% en los doce últimos meses, que se eleva al 24% entre el colectivo de inmigrantes, con todas las consecuencias sociales que ello implica.

España es también, con datos de Eurostat, el país que lidera, junto al Reino Unido, la caída de la confianza en Europa (un indicador que mide las opiniones de empresarios y consumidores), con un descenso del 1,2% en diciembre frente a sólo el 0,1% de media de la zona euro. Y si miramos la inflación, vemos cómo los organismos internacionales apuntan ya a una tendencia continuista en la escalada de los precios en nuestro país elevando al 2,7% el aumento de la tasa de inflación en 2008, muy por encima del 2% que dicen los Presupuestos del Gobierno. Más aún cuando la OPEP ha anunciado ya que el precio del petróleo se va a mantener en torno a los 100 euros por barril, al menos hasta abril, y cuando el incremento del gasto público para pagar las promesas electorales de subsidios y los favores y servicios prestados por los socios nacionalistas del Ejecutivo, es otro elemento fuertemente inflacionista.

En este escenario y con estas cartas resulta acaso descabellado preguntarse si ¿son creíbles estos presupuestos?; o lo que es más grave, ¿cómo se van a pagar los 51 millones de euros para servicios sociales en Galicia que costó el apoyo del BNG para evitar la reprobación de Magdalena Álvarez?, ¿y el nuevo Plan de Infraestructuras para Cataluña? E, incluso, ¿serían vinculantes estas cuentas del Estado para el nuevo Gobierno surgido de las elecciones en caso de no ganar el Partido Socialista? Demasiadas incógnitas, demasiadas incertidumbres y muchas dudas razonables para una Ley Presupuestaria que hoy parece más propia del "País de la Fantasía" en Disneyland que la necesaria en un país que presume de ser la octava potencia económica del mundo.

 
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