 José M. Triper (F&B, 131, jul-ago 2008) Pues no. Tampoco el gobernador del Banco de España se atrevió a pronunciar la palabra maldita: crisis". Aunque, eso sí, nos anunció que lo vamos a pasar muy mal, que la enfermedad de nuestra economía es más grave "de lo esperado", y fiel al papel de "pepito grillo" del gobierno que ha asumido en los últimos tiempos, Miguel Ángel Fernández Ordóñez ha vuelto a poner el dedo en la llaga y advertir a Zapatero, Solbes y demás compañeros de viaje, que se dejen de alegrías con el gasto mientras dejaba en la mesilla del enfermo una serie de propuestas para salir del bache, tan oídas y tantas veces aplicadas que suenan más a las recetas de la abuela que soluciones exigibles en una sociedad tecnológica y globalizada.
Claro que, a lo mejor, para determinadas situaciones de crisis la medicina tradicional puede ser más eficaz que la ciencia de vanguardia, pero eso de la moderación salarial y del beneficio empresarial, la reforma laboral (que siempre implica más flexibilidad y abaratamiento del despido), las reformas estructurales para liberalizar mercados (que luego nunca se concretan) y fomentar la productividad; pues, de verdad, suena a lo de siempre que, como siempre, carga el sacrificio de la crisis sobre las espaldas de los de siempre, mientras que los principales responsables de la crisis, las constructoras y las entidades financieras, siguen aumentado sus cuentas de resultados trimestrales, también a nuestra costa. Es decir, que más de lo mismo.
Y algo parecido ha ocurrido con Miguel Sebastián quien durante su debut ante el Congreso, nos obsequió con un paquete de propuestas y medidas de urgencia tan decepcionante como claramente insuficiente para corregir el grave deterioro de un sector exterior como el nuestro que ha originado el mayor déficit por cuenta corriente de todos los países industrializados y cuya corrección no admite experimentos ni demoras, sobre todo en unos momentos en los que la competitividad exterior precisa de un tratamiento de choque para compensar la caída en la demanda interna.
Unas propuestas, las de Sebastián que ni son nuevas ni están acompañadas de la correspondiente dotación presupuestaria, lo que dice muy poco a favor de su efectividad. Así, no existe novedad alguna en los anuncios de diversificación geográfica y sectorial de nuestros productos y mercados, o en la potenciación del Made in Spain, aunque ahora se le ponga el título de Plan. Porque esas han sido ideas constantes en todos los programas de comercio de los últimos gobiernos. Y en este caso, además, si entendimos bien lo que avanzó el ministro, el Made in Spain sólo servirá de paraguas a las iniciativas del Gobierno, mientras se permite a las comunidades autónomas y otras entidades de promoción que continúen al margen y por libre.
Respecto al Sistema de Apoyo Financiero a la Internacionalización, sería interesante precisar si la reforma anunciada se refiere a los instrumentos o al procedimiento. Porque la experiencia demuestra que los instrumentos actuales son válidos y suficientes, y que donde fallan es en los procedimientos burocráticos, de tramitación y de adjudicación cuya complejidad y lentitud les convierte, muchas veces, en ineficientes.
Y, ni siquiera es nueva la anunciada creación de un Fondo para la Internacionalización de la Empresa (FIEM), desligado del actual Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD), que ya la planteó Javier Gómez-Navarro, ministro de Comercio y Turismo en el último gabinete de Felipe González y, además, mucho nos tememos que la partición del instrumento va a llevar aparejada también una división de los recursos disponibles.

Es cierto que era la primera comparecencia pero el sector exportador de este país esperaba más de Sebastián. Precisaba un mensaje de aire fresco y una apuesta decidida por la modernidad y la eficacia, para superar de una vez por todas, la descoordinación entre administraciones, la duplicidad de actividades, la confusión y distorsión de la imagen y el despilfarro de recursos que han lastrado el desarrollo internacional de nuestra economía en los últimos veinticinco años y que ninguno de los gobiernos que se han sucedido a lo largo del periodo ha querido, o ha sabido, afrontar ni corregir. ¿Se acuerdan de aquello de "la imaginación al poder? Pues, por lo visto, tampoco toca ahora. |