|
(F&B, 125, ene. 2008.) De sorpresa en sorpresa y tiro porque me interesa. Ese es el atractivo y muy legítimo juego con que los partidos políticos nos (y se) divierten periódicamente al llegar las vísperas electorales. Y así tan pronto nos alegran el día desde la oposición Popular anunciando casi una "amnistía" fiscal, como desde el Gobierno del PSOE nos alivian el mañana al anunciar la continuidad de Pedro Solbes como máximo, y parece que ahora único, responsable de la economía, si repiten mayoría.
Un Pedro Solbes, al que todos dábamos ya por amortizado, incluso el mismo se había incluido ya en la lista de ilustres jubilados, y al que muchas garantías habrá tenido que dar el presidente Rodríguez Zapatero, en forma de retirada o multiplicación por cero de esa vicepresidencia paralela que ha sido la Oficina Económica de La Moncloa, para que el sensato y veterano vicepresidente económico diga ahora "digo" donde dijo "Diego", y acepte continuar como el garante de la seriedad, solvencia rigor y sensatez del proyecto socialista ante los empresarios y la sociedad en general. Qué con el dinero no se juega y menos en épocas de vacas flacas como la que se nos avecinan.
Pero, en esta dialéctica de las sorpresas y el más difícil todavía en las ofertas, lo que prácticamente nadie habíamos sospechado es que por encima de la subida de los precios, las hipotecas, el repunte del desempleo, la inmigración o el terrorismo, el auténtico eje del debate electoral, el auténtico superstar de la campaña iba a ser el cambio climático y su derivada sobre la demanda y el suministro de energía.
Así, la escuela de discípulos ilustres de Al Gore se acrecienta día a día con acólitos de toda ideología y procedencia, por convencimiento unos pocos, y los más por apuntarse a una moda que parece rentable ante las urnas.
Un ambiente de fervor ecologista que tan pronto lleva al presidente del Gobierno a hacerse la foto demagógica ante los dos paneles solares que ha instalado en La Moncloa, como hace que Mariano Rajoy se olvide de las teorías de su primo el científico, para convertirse en el converso paladín de la lucha por la sostenibilidad medioambiental. Y todo esto está muy bien. Porque aun con exageraciones, que las hay, y vídeos alarmistas, como los que circulan por el mundo, la realidad es que algo está pasando en el Planeta y que, sea natural o culpa del factor humano, urge ponerse a trabajar para prevenir y corregir. Lo que ocurre es que, como pasa casi siempre, nos ponemos a nadar sin preocuparnos de guardar la ropa, y la euforia ecológica no se corresponde con la realidad de la gestión y tampoco se acompaña de alternativas válidas al suministro de energía para mantener los niveles de crecimiento y bienestar.
Es evidente que ni con este gobierno ni con el precedente hemos sido capaces de cumplir con los requisitos de Kyoto sobre emisiones contaminantes. Tampoco se ha hecho una apuesta seria de recambio de las fuentes tradicionales de energía ni de reducción de la dependencia del petróleo. Y, para más INRI, ahora nos viene el ministro competente en la materia, el inefable Joan Clos, y nos amenaza con un colapso eléctrico, que puede relegar a la categoría de incidente menor el apagón de este verano en Barcelona.
Y es en este punto donde se hilvana la profecía de la deser-tización a fin de siglo con la cotidiana realidad de hoy, y es aquí también donde se justificaría la preponderancia del debate energético y medioambiental en la campaña. Porque en España existe un problema endémico de desequilibrio entre demanda y generación que no puede ser resuelto mediante nuevas redes que sólo generarían más ineficiencia en el sistema. Es tradicional, también el déficit de inversiones en generación que las compañías atribuyen a la regulación de precios y la complejidad de los permisos medioambientales que exige la Administración, mientras que ésta devuelve la pelota a las empresas, llegando en ocasiones a hablar de "acuerdos conspirativos" para forzar tarifas más reales y más compensaciones.
En definitiva, unos por otros y la casa sigue sin barrer, mientras que el ciudadano, el consumidor, espera resignado la forma en que le tocará pagar el desatino: con dinero, en forma de subida de tarifas o de impuestos, o con incomodidades, frío y oscuridad por apagones. A lo mejor, no estaría de más que, junto a las proclamas ambientales, la demagogia de las frases y las fotos y la preocupación por el cambio climático, alguien desde el Gobierno o de la oposición nos presentara, de una vez por todas, un plan energético coherente. Que nos dijera cuál será su apuesta por las renovables, qué piensa de la opción nuclear, a la que ahora se han convertido desde el propio Felipe González hasta la UGT y CCOO, o si nos van a gravar la gasolina con impuestos ecológicos, para empobrecernos un poco más como personas y agravar el ya de por sí alarmante deterioro de nuestra competitividad como país. Sería interesante, necesario y, a lo mejor, nos llevábamos más de una sorpresa. |