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(F&B, 129, mayo 2008) Si algo no se le puede negar a Rodríguez Zapatero es su extraordinaria habilidad como ilusionista y creador de efectos y de imagen. Un don, no sabemos si natural o aprendido, que le ha servido para revalidar la mayoría parlamentaria y el Gobierno en base a medidas y propuestas de evidente impacto electoral, pero que apenas se han visto acompañadas de la necesaria eficacia en la gestión, especialmente en las grandes cuestiones de Estado que, cuatro años después, siguen siendo las asignaturas pendientes de un Presidente que, hasta la fecha, se ha mostrado más avispado que aplicado.
Así, junto a medidas tan aparentemente sociales como la legalización del matrimonio homosexual, la ley de violencia de genero (de más que dudosa eficacia a la vista de los casos con que nos desayunamos día tras día) o la ley de la memoria histórica, en el otro plato de la balanza nos encontramos con el fracaso en la negociación con ETA, el escandaloso caos de la justicia, la inoperancia demostrada ante la crisis económica (ahora ya admite su existencia) o la persistencia de la "guerra" del agua…, y paramos aquí, para no ser exhaustivos.
Pues bien, una vez reelegido y reinvestido, el Presidente ha aprovechado la primera ocasión, que no era otra que la del nombramiento de sus compañeros de Gobierno, para imitarse a sí mismo y anunciarnos, henchido de orgullo y de autoestima, que tenemos a la primera mujer ministra de Defensa, el primer Ministerio de Igualdad, el primer gabinete con más representación femenina que de hombres y la ministra más joven de la historia (avalada por su gestión como promotora del Flamenco en Andalucía).
Y todo esto está muy bien. Que yo soy de los que creen en la capacidad de las mujeres para asumir los puestos más elevados y las más altas responsabilidades. Además, Zapatero ha conseguido lo que quería, ser el centro de atención de todos los dirigentes, analistas y periódicos del mundo. Pero a mí, lo que de verdad me hubiera gustado oír del Presidente es que tenemos el Gobierno más competente y el más capacitado para hacer frente a la difícil situación económica que padecemos. Y eso no lo ha dicho.
Porque detrás de las ramas y las flores de Carmen Chacón pasando revista a las tropas o de la toma de posesión de Bibiana Aido, se oculta el oscuro bosque de una economía que tiene el déficit exterior más elevado de todos los países desarrollados, una inflación disparada, el fantasma del desempleo amenazando y avanzando, y una competitividad interna y exterior en caída libre, mientras que la burbuja inmobiliaria y el consumo se desinflan al tiempo que los bancos cierran el grifo del dinero.

Y no es catastrofismo, que el propio vicepresidente segundo y ministro de Economía Pedro Solbes, ha reconocido ya algo que otros veníamos anunciando de hace tiempo. Que el crecimiento de la economía española en el primer trimestre de este año ha sido "bastante inferior" a la tasa del 3,5% del último cuarto de 2007, que la recuperación se retrasará y no será hasta 2011 cuando volvamos a recuperar la senda del 3%, y que "poco se puede hacer" con la inflación, que no sólo ahoga a las empresas y familias sino que es una de las causas principales del deterioro de nuestra competitividad.
Y frente a eso de muy poco valen los trucos de salón o los fuegos de artificio como el pago de los 400 euros a cada contribuyente o la inyección de dinero extra al sistema económico, que ya el gobernador del Banco de España se ha encargado de recordar que parches como éstos obligarán a recortar el gasto público en otros campos y que el superávit de las cuentas del Estado, del que tanto han presumido nuestros gobernantes, puede esfumarse el año próximo.
En román paladino, "que vamos a vestir un santo desnudando a otro" y eso no es lo que necesita y espera un país, todavía hipnotizado con la magia y los efectos especiales pero que puede despertar empobrecido y engañado. |